Llegué a la ciudad de Jinotega una mañana del dos de noviembre, justo a tiempo para ser testigo de una celebración a la muerte. Conducía mi scooter, atravesando las arruinadas calles del pueblo, cuando me encontré perdido en medio de una masa desigual, compuesta por borrachos, fanáticos religiosos y familias enteras que armadas de palas, rastrillos y botes de pintura se dirigían al cementerio local a engalanar las tumbas de sus difuntos. Antes de seguir hacia Apanas Lake, el lugar donde había invertido las regalías de mi último libro, seguí a la multitud hasta el parque central y me detuve a sacar fotos del pueblo donde un mes más tarde habría una fiesta que honraría a la muerte de un modo más macabro y criminal; por desgracia fui yo quien recibió la primera invitación: un cadáver fresco, yaciendo bajo mi cuerpo, en el centro de mi cama.
.
.
Apanas Lake, es una propiedad de varios kilómetros cuadrados que se extiende a lo largo de una de las orillas del lago Apanas, al norte de Jinotega; cada lote cuesta una pequeña fortuna, pero la inversión vale cada centavo. Aquel dos de noviembre que llegué para instalarme, decidí dar un paseo por el vecindario antes de reunirme con mi abogado en mi nueva casa. Recuerdo que recorrí las callecitas pavimentadas hasta llegar al punto más alto de la propiedad, incapaz de creer que yo hubiese reunido el dinero suficiente para vivir en aquel lugar, me detuve un momento y contemplé aquella sucesión de colinas boscosas y casitas. La vista era digna de una postal, todo parecía tan pulcro y de buen gusto que ni en un millón de años hubiese podido imaginar lo que en ese momento estaba sucediendo bajo uno de aquellos tejados.
Cuando subí al sendero de mi terreno, me impresioné al ver la casa que solo conocía en planos y maquetas; afuera me esperaba mi abogado, la agente de ventas del proyecto, y la arquitecta que había diseñado la urbanización. Esta última era una mujer de rasgos asiáticos cuyo cuerpo infantil contrastaba con la sensualidad de sus movimientos y el tono fino, a veces lascivo, de su voz.
.
.
— ¡Bienvenido a Apanas! —Chilló, Clara Robles, la agente de ventas—. Nos complace que sea parte de nuestra comunidad.
Me limité a sonreírle, su voz aguda y sus sonrisas nasales me provocaba mal humor.
.
.
—Señor Bernard, pase adelante —dijo Enma Miyazaki, la arquitecta, extendiendo un juego de llaves.
.
.
Yo introduje una llave en la cerradura y giré el picaporte, sentí el metal lubricado emitiendo un chasquido, empujé la puerta y aspiré el olor a yeso y madera nueva. Desde el vestíbulo se podía ir a un pasillo donde estaban las escaleras y el baño de visitas, o a la sala de estar, que al igual que el comedor, tenía acceso a una terraza con vista al lago. Luego de recorrer la primera planta, subimos las escaleras y anduvimos por dos dormitorios, un par de cuartos de baño y nos detuvimos frente a una puerta que tenía una placa con mi nombre. Era mi estudio, dos de las cuatro paredes estaban cubiertas por estanterías para libros y en la pared que estaba frente a la puerta habia un ventanal que iba desde el suelo de madera hasta el techo, sin duda, el lugar perfecto para colocar mi escritorio y mi iMac.
.
.
Media hora más tarde, bajamos al sendero donde estaban aparcados los vehículos y me despedí de mi abogado y de Enma Miyazaki, quien quedó de regresar pronto para asesorarme con el diseño de interiores. Lucia Robles fue la última en irse, me pidió que la acompañara hasta la puerta de su jeep, se sentó en el asiento del conductor y sacó un libro de la guantera. Lo reconocí de inmediato, era mi primer novela, publicada ocho años atrás; ¡¿acaso se estaba burlando de mi?! Aquel intento de novela negra era más aburrido que el manual de una lavadora, aun así, ella insistió en que le firmara la portada. Luego la vi salir de retroceso, sonriendo como si quisiese provocarse un calambre facial.
Cuando estuve solo, llamé al café que habían instalado en la Casa Club y pedí que me llevaran una orden de empanadas chilenas y dos cervezas enlatadas. Me senté en los escalones del porche y encendí un cigarrillo, esperando mi almuerzo y al camión que traía una parte de los muebles que había comprado en Managua. Un minuto después me acosté sobre el piso de madera, y estuve viendo hacia el cielo falso por largo rato; cuando volví a sentarme, me llevé un susto tan grande que casi me trago el filtro que tenía entre los labios.