12/06/2010

Un shinigami en Jinotega: I

Llegué a la ciudad de Jinotega una mañana del dos de noviembre,  justo a tiempo para ser testigo de una celebración a la muerte. Conducía mi scooter, atravesando las arruinadas calles del pueblo, cuando me encontré perdido en medio de una masa desigual,  compuesta por borrachos,  fanáticos religiosos y familias enteras  que armadas de palas, rastrillos y botes de pintura se dirigían al cementerio local a engalanar las tumbas de sus difuntos. Antes de seguir hacia Apanas Lake, el lugar donde había invertido las regalías de mi último libro, seguí a la multitud hasta el parque central y me detuve a sacar fotos del pueblo donde un mes más tarde habría una fiesta que honraría a la muerte de un modo más macabro y criminal; por desgracia fui yo quien recibió la primera invitación: un cadáver fresco, yaciendo bajo mi cuerpo, en el centro de mi cama.
Apanas Lake, es una propiedad de varios kilómetros cuadrados que se extiende a lo largo de una de las orillas del lago Apanas, al norte de Jinotega; cada lote cuesta una pequeña fortuna, pero la inversión vale cada centavo. Aquel dos de noviembre que llegué para instalarme, decidí dar un paseo por el vecindario antes de reunirme con mi abogado en mi nueva casa. Recuerdo que recorrí las callecitas pavimentadas hasta llegar al punto más alto de la propiedad, incapaz de creer que yo hubiese reunido el dinero suficiente para vivir en aquel lugar, me detuve un momento  y contemplé aquella sucesión de colinas boscosas y casitas. La vista era digna de una postal, todo parecía tan pulcro y de buen gusto que ni en un millón de años hubiese podido imaginar lo que en ese momento estaba sucediendo bajo uno de aquellos tejados.
Cuando subí al sendero de mi terreno, me impresioné al ver la casa que solo conocía en planos y maquetas; afuera me esperaba mi abogado, la agente de ventas del proyecto, y la arquitecta que había diseñado la urbanización. Esta última era una mujer de rasgos asiáticos cuyo cuerpo infantil contrastaba con la sensualidad de sus movimientos y el tono fino, a veces lascivo, de su voz.
 — ¡Bienvenido a Apanas! —Chilló, Clara Robles, la agente de ventas—. Nos complace que sea parte de nuestra comunidad.
Me limité a sonreírle, su voz aguda y sus sonrisas nasales me provocaba mal humor.
—Señor Bernard, pase adelante —dijo Enma Miyazaki, la arquitecta, extendiendo un juego de llaves.
Yo introduje una llave en la cerradura y giré el picaporte, sentí el metal lubricado emitiendo un chasquido, empujé la puerta y aspiré el olor a yeso y madera nueva. Desde el vestíbulo se podía ir a un pasillo donde estaban las escaleras y el baño de visitas, o a la sala de estar, que al igual que el comedor, tenía acceso a una terraza con vista al lago. Luego de recorrer la primera planta, subimos las escaleras y anduvimos por dos dormitorios, un par de cuartos de baño y nos detuvimos frente a una puerta que tenía una placa con mi nombre. Era mi estudio, dos de las cuatro paredes estaban cubiertas por estanterías para libros y en la pared que estaba frente a la puerta habia un ventanal que iba desde el suelo de madera hasta el techo, sin duda, el lugar perfecto para colocar mi escritorio y mi iMac.
Media hora más tarde, bajamos al sendero donde estaban aparcados los vehículos y me despedí de mi abogado y de Enma Miyazaki, quien quedó de regresar pronto para asesorarme con el diseño de interiores. Lucia Robles fue la última en irse, me pidió que la acompañara hasta la puerta de su jeep, se sentó en el asiento del conductor y sacó un libro de la guantera. Lo reconocí de inmediato, era mi primer novela, publicada ocho años atrás; ¡¿acaso se estaba burlando de mi?! Aquel intento de novela negra era más aburrido que el manual de una lavadora, aun así, ella insistió en que le firmara la portada. Luego la vi salir de retroceso, sonriendo como si quisiese provocarse un calambre facial.


Cuando estuve solo, llamé al café que habían instalado en la Casa Club y pedí que me llevaran una orden de empanadas chilenas y dos cervezas enlatadas. Me senté en los escalones del porche y encendí un cigarrillo, esperando mi almuerzo y al camión que traía una parte de los muebles que había comprado en Managua. Un minuto después me acosté sobre el piso de madera, y estuve viendo hacia el cielo falso por largo rato; cuando volví a sentarme, me llevé un susto tan grande que casi me trago el filtro que tenía entre los labios.

19/01/2010

Sorpresa

Los estudiantes entraron en barullo, todavía acomodándose las batas blancas y los guantes de látex. La habitación estaba apenas iluminada, y como todas las morgues, tenía una temperatura que te hacía tiritar.

En una esquina en penumbras estaba un hombre que carraspeó para acallar el rumor de los recién llegados. Al instante se hizo el silencio y el pequeño grupo rodeó la camilla de autopsias, donde yacía un cadáver cubierto por una sábana blanca.

—Esta vez lo harán ustedes solos —dijo el profesor.
—¡Al fin! —Exclamó la presidenta de la clase—. Que alguien tome los datos, por favor.
—¿Quién es el muerto? —Preguntó un chico, bostezando.

El profesor se volvió hacia la pared y, antes de desaparecer, respondió:
—Soy yo.

12/01/2010

Electra

La niña gira el pomo de la puerta, balancea la hoja de madera sobre sus goznes, y siente el aliento acre y sanguinolento de la tragedia. Frente a ella, una escena brutal:

Sobre una cama matrimonial yace una mujer desnuda. El rostro esta petrificado en una eterna muestra de dolor , los brazos abiertos, y las piernas lánguidas. En vida fue hermosa, su cadáver también lo es; a pesar de la grotesca abertura que nace en su entrepierna y se extiende hasta la ladera de sus exhuberantes pechos. La abrieron limpiamente, dejando intestinos y demás menudencias al descubierto.

Sobre la mesa de noche suena la melodía estridente de un teléfono. Una sonrisa maniática se dibuja en el rostro de Electra, camina hacia el cuerpo y susurra:

—Es para ti, mamá, despierta. 

28/12/2009

En retrospectiva.

El 2009 empezó mal: un par de asaltantes me apuntaron con un arma en la cabeza, arrollé a un ciclista que se pasó la señal de «alto», mi portátil entró en la categoría de basura tecnológica, y... un sinfín de pequeñas calamidades. Aunque, debo reconocer que no estuvo "tan" mal. Por ejemplo, por haber reconocido a los asaltantes, los policías me llevaron de paseo a la guarida del ladrón, con sirenas y todo (¡Fue de película!); y el ciclista escarmentó, pero sin lastimarse demasiado.

El año transcurrió medianamente horrible, hasta finales de agosto, cuando leí las bases de un concurso nacional de literatura infantil y decidí participar. Y en un par de semanas escribí dos cuentos, los llevé a la editorial y esperé. Un mes más tarde recibí una llamada que me tomó por sorpresa, la noticia de que uno de mis cuentos seria publicado bajo el formato de un libro ilustrado, y por si fuera poco, un premio en efectivo que me vino bastante bien.

El cuento se llama "La noche de todos los Gatos", fue un intento de hacer una "metamorfosis kafkiana para niños". Como era de esperarse, no logré mi objetivo tan ridiculamente pretencioso; pero al menos, el próximo año, mi relato tendrá un huequito en las librerias de mi país. También conocí a quien considero el mejor ilustrador nicaraguenses, Lonni Ruiz, él responsable de que mi blog tenga una imagen de cabecera tan bonita. En conclusión, mi 2009 empezó siendo una mala broma; pero acabó convirtiendose en un manojo de valiosas experiencias.

Y eso fue todo, sólo me resta decirle adios al año en curso... Y a ustedes un «hasta la próxima».

¡Feliz Año Nuevo!


20/12/2009

¡Todos a bordo!

Hace mucho tiempo decidí que queria ser artista. Se me ocurrió que podría ser pintora, diseñadora de modas, locutora de radio, bailarina de danza contemporánea y hasta actriz de teatro. Año con año probé diferentes disciplinas; las exploraba, me rendia, las dejaba y así, hasta que encontré la que me pareció ídeal. Esta era caprichosa, costosa y demandante; pero caristmática y atractiva como ninguna. Cinco años estuve con ella, pasaba noches enteras a su servicio, tomaba litros de café y devoraba toneladas de basura envuelta en papel celofán. No me quejo, nunca lo hice. La amé hasta el último día; aun cuando ella devolvía mi devoción con violentos rasguños estomacales, insoportables dolores de espalda y bestiales ojeras de las que nunca pude deshacerme. «Arquitectura»... Siempre pensé que conquistarla sería el evento más dichoso de mi vida; pero cuando el momento llegó no sentí más que un vacio nefasto y aplastante que me hizo salir huyendo.

Entonces recordé que en algún punto de mi niñez me había convertido en una lectora compulsiva, y caí en cuenta de que esa cualidad había derivado, hace ya varios años, en una hábito que por ser tan íntimo y natural, mantuve en secreto: Escribir.Y así, cavilando, nació este blog que será la crónica de una escritora empeñada en conseguir agente, ansiosa por terminar su proyecto en curso, y obsesionada con ver su nombre impreso en una lustrosa cubierta.

Acompañenme en un viaje de rechazos, reveses y situaciones trágicamente hilarantes... que seguro tendrá un buen final.